Reflexiones después de cargar y descargar cajas

La falta de entradas en estas últimas semanas se debe a que le he dado el relevo a mi suegro en su trabajo. Como comentaba en uno de los últimos posts tras el accidente el diagnóstico era de 4 semanas de baja y otras 4 de recuperación cosa que le impedía cumplir con la empresa en uno de los momentos más duros a nivel de trabajo de todo el año. Mi suegro es una persona que sufre cuando falta a su compromiso y tiene muy interiorizada la idea de sacrificio por la empresa y es que, siendo honestos, esa empresa le ha tratado muy bien a lo largo de su vida tanto a él como a sus hermanos.

Cajas, cajas, cajas, cajas, cajas, cajas, cajas, cajas, cajas....

Del mismo modo que mi cuñado Sergio ya había echado un cable en verano en las substituciones de vacaciones también yo me ofrecí tras el accidente más por el hecho de que mi suegro tuviera alguien de confianza que de algún modo paliara su falta que por ningún otro motivo. Al principio fue un poco reticente pero el mismo lunes me llamó y orquestó todo para que empezara ese martes.

Teóricamente yo iba muy fresco por no haber tenido muchas obligaciones tras el k.o. del TFC y la imposibilidad de encontrar trabajo. Hasta entonces había estado todo el verano leyendo, navegando y yendo en bici (más cosas en realidad pero reseñables sólo ésas).

El primer día fue relativamente suave a nivel de trabajo físico. Revisamos unas cajas, rehicimos inventario y no cargamos en exceso. Sin embargo, el tiempo pasaba muy lento. Es como cuando vas hacia un sitio del que no conoces exactamente su posición ni el camino o la distancia total: parece que no llegas nunca. Esto es lo mismo: como no estás acostumbrado al ritmo ni a lo que hay que hacer después no eres capaz de cuantificar el esfuerzo de cada momento y el tiempo parece estirarse mucho más de lo que debería.

El cuento de nunca acabar...

Además estamos hablando de una persona (yo) que aunque callada tiene la cabeza siempre a mil por hora. Y con esto quiero decir que es muy raro que no tenga yo algo dando vueltas, intentando encajar o simplemente reflexionando. Cuando las referencias de las cajas, tallas y modelos aparecen en escena dejas de tener la posibilidad de tener una actividad intelectual fluida: o estás a una cosa o a la otra. Tampoco puedes despistarte porque luego confundes el género y hay que revisar los pedidos y si te centras en las cajas la exigencia mental no es alta cosa a la que, por suerte o por desgracia, tampoco estoy acostumbrado.

Desde que empecé a dar clases particulares a los 14 años no recuerdo haber dejado de trabajar durante largos periodos de tiempo. De los 14 hasta segundo de carrera (la primera) me salían clases particulares de mates, inglés, ciencias y de casi todo. Luego ya acabando telecos me salieron las primeras prácticas y desde entonces becario como ingeniero y arquitecto hasta el 2008 cuando entré en Emedos. Paralelamente a esto desde que fui ingeniero titulado he ido haciendo muchos proyectos de telecomunicaciones (50 aproximadamente) a nivel autónomo así como alguna web y apaños varios del mundo tecnológico.

Vengo a decir que a pesar de haber hecho casi de todo nunca había tenido un trabajo puramente físico. No estoy acostumbrado a no usar la cabeza como herramienta primera. Esto significa que mi velocidad suele ir marcada por lo despejado o encebollado que tenga el día y no por lo que me duelan o no los brazos por lo que, mientras el cuerpo me aguante físicamente, trabajo a destajo. Cosa que no debe ser la más sana de las costumbres si se trata de cargar cajas de 20 kilos…

Hace falta valor...

Me ha costado acostumbrarme. El horario no era para nada malo: de 8 a 15 con un parón de 20 minutos para desayunar. He tenido que estar en dos almacenes distintos con lo que supone coger dos sistemáticas de trabajo diferentes así como hacer los desplazamientos y entregas en furgoneta en un par de ocasiones. Sin embargo una vez acostumbrado al entorno, el trabajo en sí mismo y a los compañeros seguía teniendo dificultades para no llevar la cabeza a mis habituales derroteros mentales. Y lo peor de todo es ver como cada vez que terminas las tareas y despejas el almacén sacando palés y palés llega un camión de 40 pies y todo vuelve a estar como al principio.  Además, como ya dije, ésta es la peor época y por ello hemos tenido que trabajar los dos fines de semana por lo que en tres semanas sólo he tenido un único día de reposo. El último segmento fueron 13 días seguidos sin descanso sabático ni dominical. Supongo que esto es de lo que nos intentaban alejar nuestros padres cuando casi nos obligaban a estudiar una carrera como única opción: para no acabar reventado día tras día sin ver más recompensa que el sueldo a final de mes.

Quizás es ésta una aseveración muy grave pero personalmente no me veo capaz de hacer ese trabajo mucho tiempo. Y no lo digo en plan burgués puesto que, como ha quedado demostrado, no se me caen los anillos en absoluto cuando hay que trabajar pero lo que sí es cierto es que si no estoy en un trabajo en el que tenga que usar mi cabeza como primera linea de defensa la frustración y el cansancio harían mella muy rápidamente en mi ánimo y acabaría ciertamente asqueado. A todo se acostumbra uno y habiendo necesidad descargaría cajas en turnos dobles y daría gracias a Dios pero, en condiciones normales, no me veo capaz. Y quizás es esto lo mejor que me llevo de esta experiencia de tres semanas y es que, por muy puteado que uno esté, hay que pensar y darse cuenta de que en realidad muchos somos privilegiados por tener lo que tenemos empezando primeramente por la propia posibilidad de elegir lo que queremos y no queremos hacer.

Y, en definitiva, el saber que uno se ha sacrificado por aliviar el malestar de una buena persona y además tener a un suegro agradecido de corazón por el esfuerzo, a mi humilde modo de ver, es la mejor de las recompensas =)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *