Hércules (18.11.1998 – 12.10.2012)

Hace un año exactamente Hércules murió. Un día como hoy lleno de tristeza, me puse a escribir sobre él para sacar mi pena y para valorar todo lo que fue y todo lo que nos dio. Fueron días muy duros y mis ganas de escribir y estar a su altura fueron muchas pero por los motivos que fueran, los días pasaron y el texto quedó a medio escribir. Hoy en el aniversario de su marcha publico este artículo y quizás dentro de no mucho lo acabe de escribir.

El 12 de octubre fue uno de los días más tristes de mi vida. Algo dentro del pequeño cuerpecito de Hércules se quebró de forma irreversible y se marchó para no volver.

 Cuando llovía me daba pereza salir con Hércules. Hoy no me importaría mojarme…

Su muerte

Llevabas unos días pachuchín. Tres si no me falla la memoria. Sin embargo cuando te poníamos la chuchería en el juguete de madera que nos dejó Dani te portabas como un campeón y parecías despertar de nuevo y recuperar mucha de tu vitalidad.

Durante la última noche que paseamos juntos recuerdo que te costó subir las escaleras de vuelta a casa, aunque no más que otras veces. Al día siguiente, a mitad del paseo matinal, llegó un momento en el que no pudiste avanzar más y el papa tuvo que cogerte en brazos porque te negabas a andar. A mediodía y a la noche un pipi rápido y ya no quisiste más paseo. Otoño siempre ha sido una época dura para ti, te ponías sensible e introspectivo, sin muchas ganas de nada. Como todos imagino…

La fatídica mañana del día 12 tenías claro que no querías salir. Durante tantas veces has optado por el silencio y el recogimiento para no preocuparnos cuando estabas mal que ya habíamos perdido la capacidad de saber la gravedad de tus dolencias. Sin embargo, los constantes ánimos de la mama te hicieron cambiar de idea. Aun estirado en tu capazo, con la cabeza apoyada sobre su borde, la cola girando a todo trapo y los ojos llenos cariño y confianza. Una vez más dejaste de lado todo lo que tu cuerpo te decía para hacer caso a tus amitos.

El paseo no llegó más allá del primer árbol de la Rambla del Carmelo. Tras descargar un gran pis las patas de atrás te fallaron y te viniste abajo sin ya poder recuperar la postura. El papa te cogió y te trajo a casa, directamente al capazo. Algo se había estropeado y no volvería a arreglarse…

Un terrible aullido me despertó. No era como otras veces en las que ladrabas de forma infantil cuando te peinábamos o incluso enfadado cuando tu paciencia se acababa definitivamente. No. Aquel grito era de auténtico dolor.

Me desperté sobresaltado e inmediatamente salté de la cama. Abrí la puerta y allí te encontré, tendido en el capazo, con la respiración acelerada y tus dos amitos cuidándote y dándote consuelo.

Yo no vi o no quise ver la realidad. A pesar de la evidencia de tu malestar la idea de que fueras a morir no me entraba en la cabeza. No era una posibilidad que contemplara.

No hubo ningún quejido, ningún ladrido, ningún aullido de dolor. Aguantaste estoicamente todo cuanto pudiste. No querías irte. No querías que tu vida con nosotros acabara. Otras veces el dolor había aparecido pero tal cual había venido se había ido pero ahora algo parecía diferente, te costaba más respirar y tus ojos no nos miraban aunque seguro que sabías que todos estábamos allí contigo.

Los minutos pasaban sin saber bien qué hacer. Aguantaste al lado del jefe porque eso es lo que siempre has hecho, sin pedir nada a cambio, siempre entregado a tu capitán.

La llama se apagaba pero aun peleabas a pesar de saber que la batalla estaba perdida. No podías abandonar al jefe pero cada vez era más duro aguantar. Hasta que en un momento la mama te acarició y, de repente, todo estuvo bien. Ya no tenías que pelear. Aquellas caricias que siempre te habían gustado tanto, las más sinceras que nadie te podía dar, tus mimitos preferidos, eran la señal de que ya todo estaba bien, de que no tenías por qué preocuparte ni seguir peleando, de que podías descansar y dejarte ir. Todo estaba ya en calma. Entendiste que ya podías marchar en paz.

Tus hermanos también estábamos allí pero sabías que los jefes eran los realmente importantes y los que necesitabas saber que seguían ahí, ellos cuidarían del resto de cachorros.

Fuiste bueno hasta para esperarnos y poder despedirte de todos nosotros. Un día antes yo no hubiera podido acompañarte porque hubiera estado trabajando y un día después Cristina hubiera estado de viaje. Te despediste de todos y te marchaste como el mejor perro con el que hubiéramos podido compartir casi 14 años de nuestras vidas, dejando un hueco imposible de llenar.

Muchas veces, cuando imaginaba este momento, me decía a mí mismo que prefería no estar viviendo en casa cuando sucediera. Sin embargo, ahora me alegro de no haberme ido aun porque eso me ha permitido estar ahí en tus últimos momentos y disfrutar de nuestra amistad de principio a fin. Me hubiera arrepentido toda la vida de no haberte acompañado en tu último paseo. Eso es lo mínimo que merecías y aun así todo lo que podía darte, todo el respeto y cariño en tus últimos instantes con nosotros.

Buen viaje socio…

Su llegada

La navidad de 1998 fue muy especial. Durante toda nuestra infancia Cristina y yo habíamos deseado poder tener un perro pero nuestros padres nunca habían accedido. Hámsters, peces, cobayas… Muchos habían intentado rellenar y suplantar el puesto del nuevo miembro de la familia que estaba por llegar. Un día de fiesta, estando en el pueblo, entraron por la puerta con el mejor regalo que nos hayan hecho nunca. Se trataba de un gos d’atura gallego, cruzado, más pequeño de lo normal y negro como el tizón. Bonito hasta rozar lo absurdo. Teníamos tanto cariño potencial acumulado que en cuanto llegó ya le quisimos.

Pasó cuatro días sin nombre, rebuscando algo que nos gustara entre todo el diccionario de palabras esdrújulas. Al final Hércules nos pareció a todos una buena opción.

Al ser tan pequeño y nosotros tan novatos estábamos con el perro a colo como si fuera un bebé. Lo subíamos a la mesa después de comer y aun recuerdo cómo en una ocasión salió corriendo hacia un plato que quedaba con raspas de pescado y le echo la boca metiéndose toda la cabeza en la boca provocando la risa desenfrenada de todos los que lo vimos.

Recuerdo que por aquel entonces el abuelo aun estaba vivo y se lo llevamos a cama para que se conocieran. Rápidamente lo caló y le tiró un par de veces de la oreja. En aquel momento Hércules entendió quien mandaba en aquella casa y se sintió dolorido pero tranquilo. Se acurrucó en su brazo y quedó dormido.

Acabaron las fiesta y volvimos a casa. Nos fuimos cuatro y volvíamos cinco. Nos traíamos una bolita oscura de pelo con muchas ganas de vivir y morder. Al llegar a Barcelona, pasamos por casa de los Romero cerca de Plaza Tetuan y tras 10 horas de camino el pobre vomitó antes de llegar a casa. Demasiado tute.

Ya en casa empezó el huracán Hércules. Durante los primeros meses se quedaba solo por las mañanas encerrado en la cocina hasta que llegábamos a mediodía  y se ensañaba por tal afrenta mordiendo las patas de la mesa y las sillas.

Su familia

El jefe: quedó claro desde el principio, quizás no era quien mas bien le hacia objetivamente pero eran los cómplices perfectos. Su palabra era ley.

La mama: la que le cuidaba, su mama, así lo sentía, fueron sus caricias siempre sus preferidas porque se hacían desde el fondo del corazón como solo una madre puede hacerlo.

La cachorra: la hermana que le ofrecía retos y desafíos para que se esforzara y fuera mejor perro, aunque muchas veces era un poco rencoroso con su profesora.

El cachorro: el hermano absurdo que siempre desafiaba lo lógico y lo sacaba de las normas de la rutina proponiendo locuras. Sentidos alerta, se acerca el loco.

Su vida

Si hay algo que defina mi relación con Hércules es el ritual de paseo. Durante 14 años todas las noches (aunque al principio fuera a mediodía) repetía los mimos gestos y acciones:

Al salir: Hércules me esperaba en el cuarto según se acercaba la hora de salir, me levantaba de la silla e inmediatamente Hércules se ponía en alerta, iba hacia el mueble a coger las llaves y, en cuanto las cogía, Hércules empezaba a ladrar excitado por la promesa de un nuevo paseo. Cogía la bolsa del armario, llegaba al lavadero a por el arnés, Hércules pasaba entre mis piernas por detrás y se lo ataba. Durante mucho tiempo bajábamos en ascensor pero desde hace ya unos cuatro años bajábamos por las escaleras y aun así seguía parándose en la puerta del ascensor por si cambiaba repentinamente de opinión.

Al volver: abría la puerta, le quitaba el arnés y le acariciaba la cabeza, le aguantaba la puerta para que pasara y subíamos para casa. A veces le esperaba en la puerta y otras iba directo al lavadero a dejar el arnés. Él entraba poco a poco moviendo la cola a veces cansado a veces acalorado, le volvía a acariciar la cabeza y cerraba la puerta.

Son pequeñas cosas, pequeños reflejos que uno adopta durante mucho tiempo de forma regular y que ahora encuentro a faltar. Todos los meses sabía perfectamente cuando había luna llena. Reconozco que era un palo salir todas las noches a pasear el perro pero tenía sus cosas buenas.

Recién llegado, en cuanto pudo salir a la calle después de ponerle las inyecciones, íbamos al parque de la Rambla del Carmelo donde coincidíamos con otro perro que siempre intentaba montarlo. Acabamos cambiando el recorrido del paseo por su culpa. A partir de ese momento y conforme crecía se volvía menos sumiso con esos intentos de dominación pero nunca fue un perro violento. Con los niños pequeños siempre adoptaba una actitud pasiva, esperaba a que hiciera algo o se acercaran mientras agitaba la cola. A veces jugando intentábamos que nos mordiera y su reacción era sacarse los dedos de la boca. Incluso alguna vez fingía que me había hecho daño jugando y venía a lamerme dónde le hacía creer que me había lastimado.

De pequeño, hasta en dos ocasiones estuvo a punto de morir. La primera fue uno de los primeros días de sacarlo a la calle. Fuimos al parque con Nico y la pelota. Allí nos pusimos a jugar con él pero llegó otro cachorro. Empezaron a perseguirse y morderse pero, el algún momento, el juego se volvió más tenso y Hércules empezó a correr para escapar con la mala fortuna de que corrió en dirección a las escaleras. Los dos cachorros  bajaron hasta la calle y cruzaron tres carriles y supongo que el semáforo estaba en rojo o no lo hubieran contado. Subieron Rambla del Carmelo hasta la óptica y, por suerte, se metieron allí porque no fui capaz de alcanzarles en carrera. Fueron momento muy tensos. Cogí a los dos perros, uno en cada brazo, y volví al parque a entregar al perro follonero a su dueña y su hijo quien tenía los mismos nervios que yo pero a él se le había vertido en forma de lágrimas.

La otra ocasión en la que casi tenemos que despedirnos fue en el cruce de calle Dante con Rambla del Carmelo. Estaba cruzando en verde con la basura en una mano y el arnés en otra cuando un taxi pensó que estaba bien pasar en rojo y además arrollar a alguien que pasara por allí. Unos cinco centímetros fue lo que separaron a Hércules del parachoques del coche. La que le cayó al conductor, quien obviamente no paró, en forma de insultos no fue poca.

En los primeros años, los más vitales, respondían de forma muy contundente a todos los ruidos. Una movimiento del ascensor o un persona subiendo por la escalera hacían que saliera corriendo hacia la puerta a ladrar. Nunca sabremos si era por territorialidad o ganas de jugar. Poco a poco se fue dando cuenta de que nada externo a esa puerta podía amenazarle si él estaba dentro. Las sirenas de las ambulancias, policía y bomberos eran la excepción a esa regla.

En esa época el papa aun trabajaba por la noche y cuando llegaba a eso de las 6 de la mañana el perro se acercaba corriendo a la puerta moviendo el rabo porque llegaba el jefe y sabía que iban a ir a dar un paseo juntos. Otras veces cuando no descifraba quien venía por la escalera o escuchaba algún ruido que no le gustaba empezaba a hacer ese ladrido de aviso en tono bajo hasta que se colmaba de nervios y arrancaba a ladrar. Muchos sustos nos ha dado Hércules de esta manera. Al oírle nos levantábamos y le tranquilizábamos acercándonos con él a la puerta o simplemente acariciándole y hablando de forma pausada.

Durante el primer año le pusimos un pañuelo lila alrededor del cuello. Todo un personaje. No recuerdo exactamente por qué se lo pusimos ni por qué se lo quitamos pero le quedaba muy bien con ese aspecto juvenil y desenfadado. En aquella época (primero de telecos) yo lo sacaba al volver del gimnasio, justo cuando la mama llegaba a casa. Se ponía a ladrar por la alegría de ver llegara la mama y enlazaba con la alegría de salir a la calle.

Empezamos a pasear con una correa fija pero al final servía más de juguete para morder y curtir los dientes que otra cosa. Pasamos al arnés y quizás fue un error pero ya te quedaste con eso hasta el final. Hubo una época en la que intenté dejarte suelto y que aprendieras a pasar cuando tocaba o a mi señal pero al final me pudo el miedo o me faltó paciencia y pasé a simplemente darte cuerda con la correa.

Nunca estuvo muy socializado, ése fue quizás nuestro mayor error como tutores de Hércules. Firmemente pensamos que se sentía más persona que perro. En los primeros años, cuando empezó a marcar los árboles, era un perro muy tranquilo y pasivo pero que rápidamente respondía a la confrontación. Recuerdo dos incidentes con dos machos el primero iba de la mano de un señor mayor en la calle Lisboa que directamente le mordió en una oreja tras un pequeño forcejeo. Iba suelto y se le echó encima. Lo aparté como pude y cuando acaricié a Hércules para tranquilizarlo vi que tenía sangre en la oreja como consecuencia del mordisco. Y de repente las pulsaciones a tope, poniendo el grito en el cielo y blasfemando a más no poder. Por suerte no fue a más ni Hércules tuvo mayor problema para venirse arriba antes de llegar de nuevo a casa.

La segunda vez fue poco después de esta primera y muy próximo al mismo sitio donde sucedió la primera. En un bar que había en la misma calle Lisboa había un perro de estos minúsculos pero que compensan su corta talla con muy mala leche. Cada vez que pasábamos se tiraba contra el cristal amenazante y ladrando a todo perro que pasara. Entre el perfil beligerante y el encontronazo previo ya iba con los sentidos alerta. Un día debieron dejarle la puerta abierta y tal cual intuyó que Hércules se acercaba salió corriendo desde el bar para embestirle. Yo que lo vi venir, puse a Hércules detrás mío, quien ya estaba en estado de alerta. Lo giré y cual torero en cuanto paso el perro que hizo caso omiso de mi presencia le largué una patada que lo levanté medio metro de suelo acabando yo mismo en el suelo. El perro volvió gimiendo al bar y nunca más volvió a amenazar el tranquilo paseo de Hércules.

Estos dos últimos años ya no hacía excesivo caso a los demás perros bien porque había perdido el interés o porque ya no era capaz de olerlos y despertar sus instintos como antes. Al final dejaba que todos se aproximaran a el pero solo una gran perra blanca llamaba recurrentemente su atención.

Además Hércules es un perro muy viajado. Ha estado en prácticamente toda España y el único viaje común que se ha perdido ha sido el de Nueva York, que se quedó con Arnau.

Roncesvalles

Palamós:

Rocallaura:

Platja d’Aro:

Salamanca:

La Puebla del Caramiñal:

Astorga:

El Camino de Santiago:

Santiago de Compostela:

Muchos recuerdos agradables me vienen a la mente de todos eso momentos que hemos compartido: las peleas en la playa del arenal; los saltos que daba en el monte cuando acompañó al papa en una ruta del Camino de Santiago, dando saltos como si su esencia de pastor volviera a su casa; los celos que cogió cuando jugábamos al Nintendogs y tras venir pensando que le llamábamos a él se volvía enfadado al capazo; cuando derrochaba vitalidad le hacíamos saltar para coger una chuchería o el nudo y se quedaba en el aire una vez lo había agarrado; todas las veces que le hemos dado chucherías antes, durante y después de hacer alguna cosa bien (y también mal), tomarle de las patas delanteras y ponerlo a bailar sobre las traseras y que empezara a quejarse y mordernos las manos para que le dejáramos en paz; escucharle en verano salir al patio y sentarse justo donde daba la franja de sol, tocarle el pelaje y notarlo achicharrado y a él súper apalancado; cuando destrozaba las pelotas de fútbol (una normal y otra de fútbol sala), no quería perseguirla, solo morderla, cuando no se la chufabas perdía todo su interés.

Pequeños gestos y anécdotas de perro

Han sido 14 años de convivencia, lo que implica que a 30 minutos por paseo, hemos estado caminando juntos 153.300 minutos o lo que es lo mismo unos 106 días de 24 horas. La amistad se basa en cierta constancia y entrega así que todo ese tiempo ha ido dando para mucho.

  • Sus nombres: Hércules, pequeñín, churrín, campeón, chiquitito, pequeñín, Lucules, Jerklis, egipcio, Moisés, pequeñito, “hola guapo”…
  • Lo que le gustaba: nudo, pelota, palabras de comida con la “ch”, salir a la calle, pelotas de tenis…

Además hay toda una serie de impulsos y costumbres que desde que se fue el cuerpo tiende a hacerlos y cada vez que eso ocurre recuerdo al amigo que ya no está. Hay infinitos pequeños detalles y reacciones que recordar pero por enumerar unos pocos:

  • Cuando se sentaba sobre sus dos patas traseras y se resbalaba
  • Arrastrar los pies para no pisarle
  • Sentarme y rascarle la espalda bajo mis piernas y que fuera pasando el mismo como si se tratara de un túnel de rascado
  • Las chapas con su nombre en el arnés (tanto las de Barcelona como las del pueblo)
  • Le gustaba lamernos los ojos cuando nos levantábamos
  • Sacar la manta del arcón y tenerlo inmediatamente allí para subirse conmigo
  • Dar palmadas sobre la cama para que subiera
  • Escuchar cómo picaban las dos patas delanteras en el suelo y saber que luego se iba a sacudir, bostezar y caminar hacia el salón o la cocina
  • Tenerlo esperando en la alfombra del cuarto cuando era la hora de salir
  • Acariciarle una oreja y que fuera girando la cabeza del gustito y pasar a rascarle la otra para que la girara en el sentido contrario
  • Ponerle las cartas en la boca, llamarle cartero y menear la  cabeza hasta destrozarlas
  • El hueso que le compramos para limpiar los dientes, el nudo y las chuches
  • La vitalidad primeros años y peleas en la cama
  • Quitarle las garrapatas de la espalda con aceite
  • Colocarle los rollos de papel de water terminados en la boca y la cola
  • Morderle las orejas hasta que se quejara
  • Los aullidos a las ambulancias tanto en casa como en la calle (ambulancias, cumpleaños, celebraciones…)
  • Prolongábamos el aullido voluntariamente al imitarle
  • Al rascarle la espalda picaba con la pata como un tambor y al rascarle la barbilla levantaba la cabeza
  • Se quejaba al quitarle los nudos con el cepillo
  • Al soplar el aire cuando paseábamos se le entornaban los ojos y cuando le soplábamos cerca se apartaba e intentaba lamer el aire
  • Al coger las llaves siempre salía a perseguirme por si iba a sacarle a la calle
  • Ladraba cuando nos peleábamos aunque fuera en broma para que paráramos
  • Siempre atravesado: tener miedo siempre a tropezar contigo por la noche
  • Subirse al sofá y a la cama a pesar de saber que no tenía que hacerlo y notarlo porque aun estaba caliente y había dejado pelos
  • Llamarle y que viniera moviendo la cola a veces con la cabeza gacha si sentía que había hecho algo mal
  • Quedarse dormido entre mis piernas sobre la manta
  • El sonido semi ahogado de respiración acelerada que hacia cuando se ponía nervioso o impaciente que sonaba como un chimpancé y los bostezos de nerviosismo
  • Ruiditos cuando iba en coche respiración acelerada y ahullidos, solo se calmaba hasta que habían pasado varios kilómetros y se volvía a acelerar cuando el coche paraba
  • Viajes en los que llegábamos llenos de pelos
  • Perseguirlo por casa para que se subiera a los sillones alrededor de la mesa y rascar el suelo como para escapar
  • Al llover te sacudías la lluvia incluso paseando, al llegar a casa gruñías cuando te secábamos y luego querías morder la toalla

Es muy duro después de todo esto, cuando ya te has marchado, ordenar el escritorio y encontrar una bolsa de basura de una noche que no la necesitamos. Algo con tan poca relevancia aviva recuerdos de lo que tantas veces hicimos y ya nunca más volveremos a hacer.

Su legado

Son muchos años de complicidad, de entrega mutua, de compañerismo

Sin reproches. Ha sido buen perro y nosotros buenos dueños. Quizás hubiera podido tener una vida mejor como perro libre pero no podríamos haberle dado una vida mejor y con mas cariño.

Piensa en los buenos ratos que habéis pasado juntos, en lo mucho que habrás aprendido de él y en lo importante que es disfrutar cada momento y cada elemento de esta vida porque mañana igual ya no estara(emos)

Todo, hasta lo más rutinario, puede ser un motivo de alegría e ilusión si lo vives apasionadamente. Lo daba todo sin pedir nada a cambio.

El amor y la amistad son incondicionales. No molestar ni querer llamar la atención.

Volcados totalmente con él, devolviendo lo mismo que el daba. El nos enseño a querer como lo hacen los animales. Ahora un gran hueco a aparecido.

Compromiso y responsabilidad. No siempre fue sencillo ni cómodo pero estuvimos ahí.

Nos gustaba quererte, nos has enseñado que sabemos querer. Nos unes incluso después de haberte marchado. Un trabajo de constancia.

Hércules y el paso del tiempo

De haber sido un niño estaría haciendo primero de BUP…

Casi que lo que mas miedo me da es pensar en todo el tiempo que hemos estado juntos. En mi vida ya solo podré tener 4 vínculos similares al que tuve contigo, nunca iguales. Con todo lo que me has aportado y lo mucho que me has hecho crecer como voy a negarme a tener esos 4 privilegios más?

Nunca se está preparado para la muerte. La muerte de un perro, relaciones humanas independientes de con quien, solo importa la fuerza del vinculo.

Cosas que pasaron en 1998, quien era yo, tiempo que he pasado con el. 19 años, primero de carrera después de un año frustrado en la UPC. Casi 4 años de carrera, mi primer trabajo, 1 año de formación, trabajo, conocer a Sandra, reintentar la ingeniería superior, decisión de estudiar arquitectura, 6 años de carrera y todo lo que ha ido pasando estos 14 años… Todos los videojuegos a los que he jugado después de la súper nintendo tu ya estabas con nosotros y parece que fue hace infinito tiempo.Pena por ti miedo y vértigo por mi. Has enseñado tanto aun cuando ya no estás.

A Hércules

Hasta que no te has ido no he podido empezar a imaginarme como es la vida sin ti.

Solo en el padrón éramos 4, desde que llegaste fuimos 5. Siempre eras el punto sobre el que tomar todas las decisiones.

Planear la noche contando que tenía que sacarte y ahora ya todo el tiempo es mío. Cada vez que lo hago automáticamente acabo dándome cuenta de que ya no estás y que no hace falta que aparte tiempo para ti.

No siento pena cuando veo otros perritos sino que sonrío al pensar en que si tienen mucha suerte pueden llegar a tener un vínculo como el que tuvimos nosotros y hacerse tan felices mutuamente como lo fuimos nosotros.

Puedo asumir tu muerte pero no tu ausencia. Además tengo miedo a olvidarte. Hércules aun puedo llamarte mentalmente, mientras te recuerde vendrás moviendo el rabito. Si movía mucho el rabito era el helicóptero o el ventilador. Movía mas el rabito cuando se pensaba que íbamos a reñirle que cuando estaba contento.

Lo que más me asusta es pensar lo rápido que se ha pasado el tiempo que hemos estado juntos.

Ideas y pensamientos sobre Hércules

Purgarse comiendo hierba. Quitarme las zapatillas al llegar a casa no había sido normal durante los últimos 14 años. Hacía tiempo que no tenía opción de ver una película o serie entera por mi obligación. Ahora cada vez que lo pienso me sabe fatal. Me procurabas todos los días 30 minutos para pensar y pasear. Tú disfrutabas y yo también. No me reprocho cosas y eso es raro porque significa que te lo di todo. Solo queda el recuerdo pero nos has marcado para toda la vida. Pensar si llueve o hará frío fuera cuando ya no tengo que sacarte Quien aprendió mas de quien? Nos juntaste en vida y nos juntaste en tu muerte. El click del arnés. No por ser un animal tiene menos valor su muerte, al final no es el cascaron que transporta nuestra alma sino la capacidad de establecer un vínculo sentimental y empático. Un animal requiere un esfuerzo por comprender y forjar esa relación mucho más allá del simple lenguaje lo que la confiere sin duda en muy fuerte per. Cuando deje de doler será uno de mis pensamientos y recuerdos mas felices y agradables. Que llegue la noche y saber que te sobrara tiempo porque ya no tengo que sacarte. Tirar la basura y que no estés cerca oliendo y pidiendo a ver si cae algo. Salir al lavadero y ver tu arnés mientras pienso las veces que te lo he abrochado cuando pasabas por debajo de mis piernas. Cortar la carne y dejar un trocito casi sin pensar para cuando lleváramos el plato  ala cocina y bailar detrás mío por si te caía algo. No tenerte alrededor de la mesa esperando que caiga algo. Programar la noche mentalmente con el tiempo que tenia que sacarte. Humildad de la grandeza de lo pequeño. Tu gesto moviendo la cola era suficiente para hacerme sonreír y satisfacción a todos los mimos y juegos. Aun me queda mucho por llorar porque te echo mucho de menos. Recorrido de los paseos me recuerda a ti. Los animales de compañía proveen apoyo, amor y lealtad, que van mucho más allá de cualquier medición empírica.

Despedida como acto de agradecimiento

Contra más duele ahora, más significa que se le ha querido. Asumir la muerte es relativamente fácil, lo difícil es asumir su ausencia. A veces los que menos ruido hacen son aquellos que dejan el silencio mas ensordecedor cuando ya no están. Significado real de la palabra nunca y siempre. Nunca nadie podrá ocupar tu lugar, nunca volverá a haber un Hércules. Siempre te recordaremos porque nos has cambiado para siempre. Pequeños detalles: mirar al suelo al abrir la puerta, pasar por debajo de las piernas para que se rascara, chillar al oír el timbre o al abrir la puerta, el ritual del paseo, olfatear el agujero bajo de la puerta, bostezar al agobiarse, ruiditos al dormir (pesadillas). La sensación de volver a casa a sacar al perro. Tantas cosas dejadas a medias por sacarte. 14 años sin descalzarme al llegar a casa porque después de cenar tenia que sacarte. Cuesta hacerse a la idea.

POR AQUI: CIMG0900

El puente del arco iris

** Llamar a la mascota mentalmente e imaginar que aun esta.

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