Cuando una luz se apaga…

Durante este fin de semana he tenido tiempo para pensar bastante y uno de los #PensamientosZurullo® que me daban vueltas en la sesera era si lo contrario de la luz es la oscuridad. Dicho esto entiendo que no sigas leyendo, sólo puedo apelar a tu curiosidad.

Desde que escribí esto sólo dos personas cercanas a mí han fallecido, ambas de la familia de mi mujer. En el caso de este sábado, se trataba de una persona mayor, con una vida plena y una muerte sin sufrimiento. Posiblemente y sin mucho margen de duda una de las mejoras descripciones que se pueden hacer del paso de una persona por ese trocito de universo llamado Tierra.

En algún momento de silencio (o de mucho ruido y poco sentido) recordé esa frase: “cuando una luz se apaga otra se enciende”, “cuando se cierra una puerta se abre una ventana” o cualquier frase hecha del estilo del refranero español. Esto me hace pensar (o creo que la frase induce a pensar) en la vida y la muerte como antagónicos.

La luz, en sí misma, es un estado o una circunstancia definida por la existencia de energía. No he estado en todos los rincones del Universo (aun) pero a mí modo de ver, al menos un alto porcentaje, el estado por defecto es en ausencia de energía, sino las películas de naves no tendría fondo negro. Es por ello que la oscuridad y por tanto la ausencia de energía (luz) es el estado por defecto. Un poco triste, ¿no?.

La vida parece ser por tanto la alteración de la perpetua oscuridad. Me gusta la analogía de luz y vida y aun más si la asociamos al concepto de energía. Tirando de apuntes de física: la luz es una onda electromagnética (energía) igual que las que nos hacen llegar la televisión, la radio o llamadas de teléfono con la única diferencia de que son perceptibles por el ojo humano, lo que se conoce como espectro electromagnético visible. Resumen: vemos la energía. Si la vemos es que somos capaces de percibirla y por tanto de sentirla y, dando un pequeño salto a ciegas en la reflexión, si la podemos entender es que somos parte de ella. Somos energía.

Nuestra forma de vida, la energía que somos, está basada en la quema constante de carbono: somos materia orgánica. Somos pequeños hornos bípedos que procesan otras pequeñas formas de energía orgánica para convertirlas en combustible propio. Como especie estamos donde estamos gracias a una inmensa energía originaria, la de una estrella incandescente en el centro de nuestro sistema solar. Eso y una serie de catastróficas desdichas que hicieron que una célula se orientara hacia el sol y fuera capaz de convertir esa radiación en un beneficio dando lugar al comienzo de nuestra historia y a la selección natural.

Contextualización completada, ahora la reflexión.

El universo es cíclico. Lo digo sin conocimiento de causa ni pruebas empíricas, solo usando intuición y sentido común (posiblemente de forma errónea). La única forma de que exista un equilibrio entre dos valores binarios es que temporalmente haya una compensación entre ambos. Es decir a veces negro a veces blanco, a veces luz a veces oscuridad, a veces frío a veces calor, a veces energía a veces su ausencia. Esto es bastante sencillo de entender o de intuir sobretodo por la suerte de tenemos de vivir en un planeta en el que cada 24 horas percibimos ese cambio. Pero, oh, la terrible maldición humana: el tiempo. Somos demasiado cortos y rápidos temporalmente para entender el Universo y aplicarlo a nuestra escala. Inventamos el tiempo para justificar lo ínfimo de nuestra huella en la Historia (con H, la del Universo, no la del Napoleón y Josefina). Instintivamente pensamos en un equilibro dentro de la escala temporal de nuestra vida y el Universo tiene mucho más tiempo que nosotros para compensar. Lamentablemente no podemos volver a barajar las cartas y con estas tendremos que jugar.

Hablamos de la vida como lo antagónico a la muerte y sí, eso es cierto, a una escala global como especie o incluso como formas de vida orgánicas pero no a nivel individual. Siendo siete mil millones de formas de vida consciente en el planeta podemos entender como una realidad que a lo largo de cada instante de cada día cuando muere alguien, alguien nace. Cuando una vida acaba, otra empieza. Cuando una luz se apaga, otra se enciende. En estas frases aparece un cierto sentido de simultaneidad y de continuidad. Nuestra presencia conjunta se equilibra, enlazando generación tras generación. Nuestra presencia se equilibra aunque ello no significa que lo haga con respecto al planeta en el que vivimos, ese es otra linea de reflexión que no cabe aquí.

Todas las formas de vida que conocemos (vegetal, animal y consciente) aparecen de la nada con un chispazo de genialidad, crecen y se desarrollan, buscan su supervivencia genética y, al final, perecen. Lo bueno perdurará, lo menos bueno perecerá. El sistema es perfectamente perfecto a nivel global y perfectamente cruel a nivel individual. La muerte de una persona es cruel, dura, triste y humanamente injustificable desde los sentimientos. La única manera de entenderla y asumirla es desde una perspectiva de especie. Si fuéramos cebras escaparíamos de los leones y no nos lo plantearíamos pero esta maldición de ser conscientes de nuestra propia existencia nos hace pensar/sentir/intuir/creer que algo superior justifica nuestra existencia. Aunque todo parece indicar que no es así.

Entonces: ¿la vida es lo antagónico a la muerte? He estado forzando en cada frase la palabra antagónico porque “contrario” no es lo que quería decir. La no existencia es el estado natural de cada una de las consciencias enlatadas que somos los seres humanos. La vida es el estado puntual, la perturbación en la fuerza. La muerte no es lo antagónico a la vida de una persona porque la vida de los seres es lineal y no cíclica ya que somos esclavos del tiempo al que nosotros mismos hemos dado forma para poder parametrizar nuestra existencia.

Se me ha ido bastante la pinza hasta aquí, ¿verdad?

Todo esto para decir que lo contrario a la vida no es la muerte. Lo contrario a la vida es la no vida: vivir con miedo, vivir con temor, vivir encarcelado en una prisión que uno mismo se construye, vivir con rencor, con malicia, con miseria. Vidas sin felicidad, sin alegría. Quitarle a la vida todo el color, toda su luz, toda su energía, eso es lo opuesto a vivir, lo contrario y lo antagónico a la vida. Volver la vista atrás y echarse uno cosa en cara, lamentarse de lo que no se ha hecho, preocuparse de cosas sin importancia, malgastar el tiempo, no ser todo lo bueno que uno puede ser. Lo contrario a la vida es ser mediocre, no darlo todo, ni implicarse, no interesarse, no ilusionarse, no reír, no llorar, no sentir. La vida es energía. Solo hay que mirar a un niño jugando para entender qué forma tiene la energía de la vida en estado puro.

La muerte es solo una parte importante de la vida. Igual de importante que nacer. El punto final que marca el éxito o fracaso de una corta aventura. El instante de la historia en el que se puede hacer balance de lo bien o mal que lo hemos hecho. Somos un libro con un índice y un epílogo y por más buena que sea la historia solo tiene sentido si se empieza y se acaba. Eso es precisamente lo que la hace extraordinariamente valiosa. La vida no tiene botón deshacer, ni cámara lenta ni repetición instantánea. Si lo piensas es triste así que mejor no pensarlo a menudo pero si saberlo, asumirlo e intentar ser cada día la mejor y mayor expresión de luz y energía posible.

Nuestro Miedo mas profundo no es el de ser inadecuados. Nuestro miedo más profundo es el de ser poderosos más allá de toda medida. Es nuestra luz, no nuestra oscuridad lo que más nos aterra. Nos preguntamos a nosotros mismos ¿Quien soy yo para brillar, para ser magnifico, talentoso, fabuloso? De hecho, ¿quien eres para no serlo? Tú eres un hijo de dios. El que te consideres menos no ayuda al mundo. No hay nada en empequeñecerse para que otros no se sientan inseguros al lado tuyo. Todos estamos destinados a brillar, como brillan los niños. Nacimos para hacer manifiesta la gloria de dios a través de nosotros mismos. No yace solo en algunos, está en todos nosotros. Y cuando dejamos que nuestra propia luz brille, inconcentemente alentamos a otras para que hagan lo mismo. A medida que nos liberamos de nuestro propio miedo, nuestra sola presencia automáticamente libera a otros. – Nelson Mandela

Nos lo debemos a nosotros mismos.

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